En el contexto de la música litúrgica de la Iglesia Católica, pueden ubicarse en general a tres “actores” principales: el músico propiamente dicho, la feligresía, y el sacerdote que preside una ceremonia determinada.
Tomando en consideración la realidad de nuestro país, puede decirse entonces que:

  •  Los Músicos

Los músicos litúrgicos actuales (hablando más concretamente de grupos parroquiales) están configurados  por una gran cantidad de personas, la mayoría de ellos jóvenes, provistos de un marcado e
innegable entusiasmo y deseos de servicio, pero que con no poca frecuencia se caracterizan por:


a- No poseer una adecuada formación técnico-musical
En general tocan guitarra (y algún otro instrumento) de forma empírica; un aprendizaje basado en indicaciones dadas por amigos, compañeros, videos en internet. Careciendo de una formación académica, sus conocimientos sobre armonía, composición e instrumentación son prácticamente inexistentes. En lo relativo al manejo de pautas, reglas y recursos vocales la situación es similar. 
Desconocen casi totalmente la lectura y escritura musical convencional. Todo ello incide de manera directa en la calidad de sus interpretaciones y composiciones.  Obviamente, toda esta situación es perfectamente entendible.
No existen academias o centros de formación musical a donde los músicos católicos puedan acudir a
recibir una formación más profesional. Los pocos que se han interesado en hacerlo, generalmente asisten (un tanto de incógnitos) a centros de estudio de la Iglesia Protestante. Y es que cursar estudios musicales en el conservatorio o alguna academia privada, en nuestro medio resulta siendo una cuestión relativamente onerosa.


b- No poseer una adecuada formación litúrgica/pastoral.
Prácticamente desconocen los documentos que el magisterio de la Iglesia (local y universal) o gente especializada ha editado en torno a cuestiones del canto litúrgico. Y en lo relativo a tópicos que se refieren a cuestiones litúrgicas más generales (los sacramentos, por ejemplo) el nivel de desconocimiento es alto.
La situación anterior es también entendible. Los centros de formación en aspectos generales de la fe (escuelas bíblicas, institutos de formación e incluso facultades de teología) aunque existen, por diversas situaciones no están precisamente al alcance de todos, concretamente, de jóvenes laicos.


c- Así también, parecen tener un criterio incompleto de su rol.
Se hacen llamar a sí mismos “ministerios musicales”, pero en su desempeño real durante la celebración de una actividad litúrgica, actúan más bien como “grupos o solistas”, es decir, músicos muy preocupados de su ejecución, pero poco o nada interesados en la participación de la asamblea en la cual desarrollan su actividad.
Así entonces, son relativamente pocas las parroquias en donde los músicos desempeñan su actividad con una concepción clara de ser “motivadores” del canto de toda la asamblea; esto debería traducirse en tomar una actitud didáctica/pedagógica hacia la misma, preocupándose primeramente en hacer que la asamblea cante, para lograr – en un segundo momento – que la asamblea “cante bien”.

 

d- Desvinculados del quehacer general de la parroquia.
Los integrantes de estos grupos/coros no se visualizan como miembros de una comunidad total, elementos de una pastoral específica de la parroquia – la Litúrgica en este caso – y al no percibirse como parte del equipo litúrgico, accionan como grupos independientes, autónomos, sin mayor vinculación con los planes y esfuerzos pastorales, con las prioridades, gozos y penurias de toda la parroquia.
Elaboran sus propios planes – si es que los formulan – ajenos a los planes parroquiales. Con no poca frecuencia, ni siquiera se relacionan con otros grupos/coros/solistas de su misma parroquia.
Esta falta de vinculación, de aprender y apoyarse unos a otros, incide directamente no sólo en la relativa pobreza de su repertorio litúrgico, sino también en la calidad de sus intervenciones musicales.

  •  La Feligresía

Pareciera ser que la gente que asiste a las diversas celebraciones de nuestras parroquias, y más concretamente la Celebración Eucarística, en general está muy dispuesta a participar en el canto. Cuando encuentra músicos (a veces son los mismos sacerdotes celebrantes) con actitud pastoral, es decir, interesados en que la asamblea cante, la feligresía canta. Pero cuando encuentra músicos (o sacerdotes) poco interesados en que la asamblea cante, la feligresía obviamente…no canta.

En general, la gente ve el canto como un elemento accesorio, de pura estética, que “adorna” la
celebración litúrgica, que la hace “amena”; no entiende la situación de percibirse como miembro de
una comunidad viva que reunida, utiliza el canto como un medio especialísimo de vincularse y dirigirse
a Dios. El canto en la misa es oración hecha música, es palabra cantada.
Son contadísimas las parroquias en donde la feligresía entiende y acepta la pertinencia de propiciar momentos de ensayo comunitario previo a la celebración eucarística. Tal situación, sin embargo, no
parece ser achacable a la feligresía, sino más bien a la falta de actitud e interés de “los músicos”.
Se constata también en nuestro medio una situación curiosa: en general son las mujeres quienes
muestran menos reticencia a participar en el canto celebrativo común.
Así, son las voces femeninas las que generalmente predominan en el canto de una asamblea; y en
situaciones en las que no hay músicos presentes, usualmente es una voz femenina la que
espontáneamente inicia el canto.
En algunas parroquias se desarrollan las llamadas “misas de jóvenes” (o “de niños”), con la intención de reunir a feligreses de una determinada edad cronológica. La presencia de elementos específicos como la música que allí se interpreta, se supone que sirven de circunstancia de cohesión e identificación entre los asistentes, mejorando así su participación.
Tal iniciativa tiene no obstante, el inconveniente de contradecir el criterio fundamental de entender la misa como la celebración del pueblo de Dios, que como un todo (diverso y heterogéneo) se reúne y
participa.

  •  El Sacerdote celebrante

Los sacerdotes de menos de 50 años – desde el punto de vista del tema que se está abordando – se caracterizan en general por:
a- No haber estudiado ya la lengua latina; consiguientemente, tampoco cantaron gregoriano, ni polifonía en latín.
b- No haber tenido la oportunidad de aprendizaje de un instrumento musical como característica estándar en su proceso de formación.
Cantar gregoriano, estudiar música, saber tocar algún instrumento, y experimentar una disciplina coral eran características muy frecuentes de encontrar en las generaciones anteriores de sacerdotes. La capacitación litúrgica- musical de los sacerdotes preconciliares era un elemento importante en su proceso de formación ministerial.
En otras palabras, y hablando en términos generales, los sacerdotes de hoy (en alguno casos) no saben música, ni saben cantar.
Crecieron escuchando guitarras y rock en la iglesia y en el seminario; unos cuantos de ellos aprendieron a tocar guitarra.
Musicalmente entonces, han perdido relación con la hermosa y milenaria herencia de la tradicional música litúrgica de la Iglesia.
Tal situación no sólo los pone en seria desventaja cuando se trata de discutir y valorar los aspectos puramente técnicos y estéticos de la música contemporánea, sino que además dificulta que ellos se
conviertan en orientadores válidos y significativos del trabajo y desempeño musical de sus grupos
parroquiales.
A muchos sacerdotes párrocos no les gusta lo que sus músicos hacen, tocan y cantan, pero al no tener argumentos, “los dejan hacer”, so pena de entrar en conflicto con ellos y perderlos como recurso y como miembros jóvenes de su feligresía.
Esta actitud y comportamiento timorato (o ¿desinteresado?) de algunos sacerdotes, explica mucho de los abusos y errores que los músicos cometen.
A este respecto es interesante observar a quien fue arzobispo de la Ciudad de Guatemala, Monseñor Oscar Julio Vian (salesiano). Recién nombrado obispo, fue designado como coordinador de la Comisión Litúrgica de la Conferencia Episcopal de Guatemala.
Nos consta que en su proceso de formación sacerdotal, la preparación musical tuvo un espacio y valoración importante.
En sus misas dominicales de medio día, (transmitidas por radio y cubiertas por cierto sector de la prensa) se escucha su afinada y potente voz acompañando a los músicos de ocasión. Es un obispo que canta.

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Luego de analizar brevemente las características de estos “actores” del canto litúrgico de la Iglesia,puede comprenderse de mejor manera la situación actual.
Debe resultar obvio que – como sucede en una obra teatral – dependiendo de la capacidad de cada “actor” y de la adecuada interrelación que establezcan entre sí, podrá afirmarse algo sobre el resultado de la puesta en escena.
Si la obra es buena, pero los actores que intervienen no lo hacen bien…

Pareciera ser entonces que en las actuales circunstancias, el canto litúrgico de la Iglesia Católica no pasa precisamente por uno de sus mejores momentos.

Bibliografía básica de referencia:
– Concilio Vaticano II “Sacrosanctum Concilium”
– Instrucción papal “Musicam Sacram”
– Instrucción General del Misal Romano
– El Canto Litúrgico, P. Antonio Zuleta, Arzobispado de Guatemala
– Liturgia y Música, J. Ronaldo de la Roca H.

 

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