V Domingo de Pascua

Pbro. Carlos René Morales Lara, FMM

De la emblemática figura de Jesús el verdadero y único Pastor, ahora se plantea un tema pascual de gran relevancia: la glorificación de Jesús. Pero ¿Qué significa el verbo glorificar y en qué sentido Jesús es glorificado y glorifica a Dios en el momento en el que Judas abandona en el cenáculo? La primera dificultad está en que usa cinco veces el verbo “glorificar”, que nosotros no usamos nunca, aunque sepamos lo que significa. Nadie le dice a otro: “yo te glorifico”, o “Pedro glorificó a su mujer”. Sólo en la misa recitamos el Gloria, y ahí el verbo va unido a otros más usados: “te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos”. Pero, en el fondo, después de leer la frase diez o doce veces, queda más o menos claro lo que Jesús quiere decir: ha ocurrido algo que ha redundado en su gloria y, consiguientemente, en gloria de Dios; y Dios, en recompensa, glorificará también a Jesús.

¿Qué es eso que ha ocurrido ahora y que redunda en gloria de Jesús? Que Judas ha salido del cenáculo para ir a traicionarlo. Parece absurdo decir esto. Pero recuerda lo que dice la primera lectura: “hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios”. A través de la pasión y la muerte es como Jesús dará gloria a Dios, y Dios a su vez lo glorificará. En efecto, Jn,31-32 describe el comentario de Jesús a raíz de dicha salida en el marco de la última cena. Es preciso mencionar que, el sentido de la cena debe buscarse ante todo en la significación ordinaria de todo banquete en la mentalidad semítica. Compartir una cena no era solamente comer juntos un mismo alimento, sino tener la ocasión de compartir unas ideas y de entrar profundamente en una comunión de sentimientos: de este modo la comensalidad adquiría un valor social y espiritual. La función primera de un banquete comunitario era asociar personas. Las alianzas entre los clanes se establecían de ordinario en el curso de un banquete: es lo que pasó entre Isaac y Abimélec, entre Jacob y Labán (Gn 26,30-31.54). Dios mismo celebra un «banquete de alianza» con Moisés y los ancianos de Israel (Ex 24,9-11). En nuestro relato no se trata solamente de un banquete, sino también de un alimento ofrecido por el que lo preside: esta señal de hospitalidad (Rut 2,14) subraya una relación íntima. En esta perspectiva de comunión, la presencia de un falso invitado —aquí Judas— resulta realmente intolerable. Más aún todavía, es difícil entender cómo Jesús llega a regocijarse cuando está a punto de sufrir una traición. Sin embargo, la suya es una expresión de exaltación porque «ahora» ha llegado el momento de la glorificación, se está cumpliendo la razón de su venida a la tierra y, finalmente, se cumple el plan de salvación del Padre. En pocas palabras, la salida de Judas del cenáculo (Jn 13,30) desencadena la “glorificación” en labios del Jesús joánico. ¡No!, no es tragedia todo lo que se va a desencadenar, sino el prodigio del amor consumado con que todo había comenzado (Jn 13,1). Jesús había venido para amar y este amor se hace más intenso frente al poder de este mundo y al poder del mal. En realidad, esta no puede ser más que una lectura “glorificada” de la pasión y la entrega de Jesús. Y no puede hacerse otro tipo de lectura de lo que hizo Jesús y las razones por las que lo hizo. Por ello, ensañarse en la pasión y la crueldad de su sufrimiento no hubiera llevado a ninguna parte. El evangelista entiende que esto lo hizo el Hijo del hombre, Jesús, por amor y así debe ser vivido por sus discípulos.

       Jesús habla en tercera persona del «Hijo del hombre» y lo hace cuando quiere revelar que su misión lo llevará al sufrimiento y al don extremo. En el lenguaje apocalíptico judío, el “Hijo del hombre” es un personaje celestial que se manifestará al final de los tiempos (Dn 7,13-14). El evangelista Juan usa el término para indicar que la condición de Jesús es superior a la condición humana, a pesar del hecho de que se habla de humillación y dolor de la cruz. En otras palabras, la glorificación viene a través del anonadamiento total o acto de kénosis (Fil 2). Además, el participio pasivo «fue glorificado», proviene del término hebreo kabód que significa «peso, importancia, estima y honor». El significado es que Dios manifiesta en Cristo su poder sobre los eventos, la historia y la naturaleza. El momento de la pasión y la humillación es la mayor manifestación de la grandeza y el dominio de Dios. Jesús, que da su vida, expresa cuán grande es el amor infinito del Padre por la humanidad. Jesús responde al odio con amor; también ama a quien lo traiciona, también ama a quienes lo crucifican.

       Más adelante, Jesús dirige su atención a los discípulos, a quienes revela el inminente epílogo de su vida. Comienza el denominado “discurso de despedida”, que también contiene su testamento espiritual. Es una despedida que también contiene la promesa de su retorno y la plena comunión con él. En esta escena dramática les llama afectuosamente: “hijitos míos”, una expresión que resultaría especialmente apropiada si la Última Cena fue una comida pascual, pues los pequeños grupos que se reunían para la cena se comportaban como si formaran familias, y uno de cada grupo debía actuar como un padre que explica a sus hijos el significado de cuanto estaba ocurriendo. La expresión encaja asimismo en el discurso final si lo entendemos como una despedida, pues en este género literario la escena se desarrolla frecuentemente en presencia del padre a punto de morir que instruye a sus hijos.

       Si la primera lectura se fija sobre todo en las tribulaciones por las que hay que pasar para entrar en el reino de Dios, la segunda, del Apocalipsis, habla de ese reino de Dios, del mundo futuro maravilloso. No es literatura de ficción, aunque lo parezca. Los cristianos del siglo I estaban sufriendo numerosas persecuciones, y la certeza de un mundo distinto era el mayor consuelo que podían recibir. Aunque el lenguaje es muy distinto, la idea de fondo es la misma en las dos primeras lecturas: ahora mismo, la comunidad padece grandes tribulaciones (Hch), hay lágrimas, muerte, luto, llanto, dolor (Ap), pero todo esto llevará al reino de Dios (Hch) y a un mundo maravilloso (Ap).

       “El mandamiento nuevo / nuevo mandamiento”, contenido fundamental del testamento y legado de Jesús puede ser comprendido de mejor modo si se toma en consideración los siguientes aspectos:

  1. a)Desde el decálogo revelado a Moisés, el término “mandamiento” (entolé) está siempre ligado en la Escritura al recuerdo de la alianza; su presencia en el cuarto Evangelio confirma, por añadidura, que el pensamiento de la alianza subyace a todo el discurso. Pues bien, el mandamiento de Jesús es “nuevo”. ¿En qué sentido? No ciertamente en el sentido de que haya aportado a la historia del pensamiento humano un ideal de sociedad desconocido hasta entonces, aun cuando haya sido efectivamente un fermento de civilización. Ni tampoco en el sentido de que presente algo nuevo con respecto a la ley judía: ésta conocía muy bien el precepto: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lev 19,18), que (según la tradición sinóptica) Jesús citó y del que Pablo dice que contiene la ley en su plenitud (Mt 5, 43; 19, 19; 22, 37-40; Rom 13,9; Gal 5, 14). La novedad consiste entonces en amarse mutuamente “como (en la medida que) yo los he amado”: antes de la convivencia de Jesús con sus discípulos no se podría haber enunciado. Con anterioridad el evangelista se ha referido al amor que Jesús había mostrado a los suyos (Jn 13,1); ahora este amor es puesto como el criterio que ha de inspirar las relaciones entre sus discípulos. Hasta tal punto es necesario el amor mutuo, que será su sello identificador: “En esto conocerán todos que son discípulos míos, si tienen amor unos a otros» (Jn 13,35). Los discípulos de Jesús se han de distinguir porque se aman unos a otros con un amor semejante al que Jesús les ha mostrado. Así prolongan en la historia el amor de su Maestro y realizan de modo incipiente la transformación de la humanidad; precisamente para ello ha fundado Jesús su Iglesia.
  2. b)Los discípulos no pueden seguir a Jesús cuando éste abandone la vida, pero reciben un mandamiento que, si lo observan, mantendrá vivo entre ellos el espíritu de Jesús mientras sigan viviendo en este mundo. La misma idea de que el amor sea un mandato resulta ya interesante. Por lo que respecta al AT, los diez mandamientos se sitúan en el marco de la alianza entre Dios e Israel en el Sinaí; tradicionalmente se entendían como las estipulaciones que había de observar Israel para convertirse en el pueblo elegido de Dios. AI hablar del amor como mandamiento nuevo para todos los que Jesús ha elegido (13,1; 15,16) y como la señal por la que deberán distinguirse de los demás (v. 35), el evangelista demuestra implícitamente que enfoca su presentación de la Ultima Cena en perspectiva de alianza. Los relatos sinópticos de la eucaristía lo dicen explícitamente (Mc 14,24: “La sangre de la alianza”; Lc 22,20: “La nueva alianza sellada en mi sangre”. Pero el amor es algo más que un mandamiento; es un don, que procede del Padre por Jesús y es otorgado a los que creen en él. Sin embargo, el amor de Jesús a los suyos es no sólo afectivo, sino también efectivo, pues hace realidad la salvación. Por lo tanto, lo que Jesús anuncia no es un nuevo mandamiento, que se agregue a los anteriores, sino un mandamiento nuevo, que se presenta como algo nuevo con respecto a todo lo anterior, es decir, la carta de presentación que caracterizará a sus discípulos como un código genético, el cual será al mismo tiempo su anuncio (Jn 13,35a).
  3. c)¿Qué significa “amar” a la luz de las palabras del Jesús joánico? En primer lugar, la práctica del mandamiento nuevo se convertirá, en su ausencia, en un anuncio de él. En este contexto también aparecen dos personajes: Judas y Pedro. Por un lado, Jesús anuncia la traición de Judas (Jn 13,21-32) y por el otro la negación de Pedro (Jn 13,37-38). El mandamiento nuevo, por lo tanto, debe entenderse a la luz de estos dos eventos (traición-negación). Como resultado, “amar”, significa «permanecer en el amor” incluso de frente a la traición y la negación. En este sentido el amor (agápe) a la media de Cristo no es cuestión de sentimentalismos o romanticismos de novela, es más bien una opción fundamental y de configuración con el Amor de Cristo. Al respecto, Juan Pablo II afirmaba: “Seguir a Cristo no es una imitación exterior, porque afecta al hombre en su interioridad más profunda. Ser discípulo de Jesús significa hacerse conforme a él, que se hizo servidor de todos hasta el don de sí mismo en la cruz (cf. Flp 2, 5-8). Mediante la fe, Cristo habita en el corazón del creyente (cf. Ef 3, 17), el discípulo se asemeja a su Señor y se configura con él; lo cual es fruto de la gracia, de la presencia operante del Espíritu Santo en nosotros” (Veritatis Splendor 21).
  4. d)“ÁMENSE” (Jn 13,34). ¿Cómo asumir esta exigencia? ¿Qué implicaciones conlleva? ¿De qué amor se trata? Mientras en nuestras traducciones al castellano figura una sola forma para identificar la palabra “amor”, en griego existen al menos cuatro términos para expresar su significado: 1) El amor eráo («eros»), amor de deseo, atracción, pasión. Deseo de poseer el amado. Ej. El hombre que se siente atraído a una mujer y desea ser correspondido. Este verbo no aparece en el NT. Se refiere al amor sensual. Es la raíz de la palabra «erotismo», y como tal describe el amor que se manifiesta en el plano físico. 2) El amor stérgo, el amor familiar, ej: de una madre a sus hijos. Los cristianos deben amarse mutuamente con amor de familia. «Ámense (stérgo) cordialmente los unos a los otros» (Rom 12,10). los cristianos deben sentirse miembros de una misma familia. 3) El amor filéo. Amor de amistad. «Señor, aquel a quien tú quieres (filéo) está enfermo» (Jn 11, 2); «Al otro discípulo a quien Jesús amaba (filéo)» (Jn 20,2). «Ustedes son mis amigos (filos) si hacen lo que yo les mando» (Jn 15, 14). Describe en general el amor afectuoso, basado en emociones y afectos. Es el amor entre amigos, entre familiares; es el cariño para quienes también nos tienen cariño. Se lo traduce correctamente como «querer» en Juan 21,15-17. 4) El amor agapáo (agape) El amor de la caridad. No espera nada en retorno. Es un amor abnegado y sacrificado. Ama aun cuando no es correspondido y cuando no siente el deseo. «Sabiendo Jesús que habia llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos (agapáo), los amó hasta el extremo» (13,1); «Como el Padre me amó, yo también los he amado (agapáo). Permanezcan en mi amor» (Jn.15, 9); «Nadie tiene mayor amor (agapáo) que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). 

Este domingo puede ser una oportunidad para darnos cuenta que amar al estilo de Cristo no es una forma superficial, teórica, memorizada, que se detiene en la apariencia externa del hermano, un poco como la limosna que damos solo para tranquilizar nuestras conciencias, pero que al final solo nos vuelven cómplices de proxenetas y explotares: ni siquiera es un sentimiento que está en la periferia del corazón, sino al centro y parte constitutiva de todo nuestro ser cristianos. Vale la pena preguntarnos hoy ¿en qué fundamentamos nuestro ser cristiano? Es decir, ¿por qué nos decimos discípulos de Cristo? Todos podremos decir, “porque somos bautizados”, o tal vez, “porque vamos a misa” o tal vez, “porque estoy en un grupo apostólico”, “soy predicador” “soy sacerdote”, “soy religiosa”… o, bien, otros dirán “porque mis padres y mis abuelos lo son… es decir por ‘tradición’. Al escuchar este evangelio, ¿podremos seguir diciendo lo mismo? Ser cristianos significa sabernos amados por un Dios que se encarnó entre nosotros, vivió, murió y resucitó por nosotros; sabernos amados por un Dios al que le importamos tanto que no escatimó ni en su propio Hijo porque nosotros comprendiéramos su amor. Y en un segundo momento, ser discípulo de Cristo significa amar como somos amados, perdonar como somos perdonados por Dios, ser solidarios como Jesús lo fue con nosotros. Nadie da lo que no tiene, por eso Dios nos ama primero, para que como cristianos compartamos ese amor que primero recibimos de él. En consecuencia, la necesidad de “agapeizar” nuestro ser cristianos es un llamado siempre nuevo y urgente. UN BENDECIDO DOMINGO. SHALOM!

Fuente: https://darshancatolico.blogspot.com