SOLEMNIDAD DEL SANTISIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO (C)

Pbro. Carlos René Morales Lara, FMM

Corpus Christi es la solemnidad que celebra el misterio de la Eucaristía, el sacramento de nuestra salvación. La institución de la Eucaristía se celebra el Jueves Santo. ¿Qué sentido tiene dedicar otra fiesta al mismo misterio? Podríamos decir que, en el Jueves Santo, el protagonismo es de Jesús, que se entrega. En la fiesta del Corpus, el protagonismo es de la comunidad cristiana, que reconoce y agradece públicamente ese regalo. Esta fiesta comenzó a celebrarse en Bélgica en 1246, y adquirió su mayor difusión pública dos siglos más tarde, en 1447, cuando el Papa Nicolás V recorrió procesionalmente con la Sagrada Forma las calles de Roma. Dos cosas pretende: fomentar la devoción a la Eucaristía y confesar públicamente la presencia real de Jesucristo en el pan y el vino. En el ciclo C, las lecturas centran la atención en el compromiso del cristiano con Jesús, al que debe recordar continuamente con gratitud (2ª lectura), porque él lo sigue alimentando igual que alimentó a la multitud (evangelio).

No olvidemos que, el Concilio Vaticano II nos presenta la Eucaristía cual “fuente y cumbre de toda vida cristiana” (LG 11). En el “sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual” (SC 47) ofrecemos a Cristo y nos ofrecemos en y por Cristo al Padre celestial para que Dios nos participe de su vida divina por la acción eficaz del Espíritu Santo. Por ello, la Eucaristía es síntesis de toda la vida eclesial; por medio de la Eucaristía agradecemos a Dios sus bondades, colocamos en la patena del altar nuestras necesidades, nos unimos en un solo Cuerpo y participamos con gozo de la misma vida divina. Con la Eucaristía celebramos nuestras alegrías y nos regocijamos por los dones que el Señor de la historia nos regala a manos llenas. En efecto, la Eucaristía comporta una dimensión “vertical” porque nos une con Cristo. Es el sacramento en que con más realismo ha querido Cristo que participáramos en su misma vida. Pero también conlleva una dimensión “horizontal” porque nos une con nuestros hermanos. Participar en la misma mesa, después de haber escuchado la misma Palabra, nos debe hacer crecer en la actitud de fraternidad y no solamente convertirnos en conglomerados de personas que convergen en un mismo lugar. Como se ha dicho siempre: la Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace a la Iglesia (P. Henri De Lubac), más aún todavía “la Iglesia vive de la Eucaristía” (Ecclesia de Eucharistia, n. 1); la comunidad celebra la Eucaristía y la Eucaristía va construyendo cada vez más en profundidad a la comunidad eclesial.

¿El primer anuncio de la Eucaristía? (Gn 14,18-20). El c.14 del Génesis cuenta una batalla casi mítica de cinco reyes contra cuatro, en la que termina tomando parte Abrán (no es una errata, el nombre se lo cambió más tarde Dios en el de Abrahán). Al volver victorioso, el rey de Salén (Jerusalén), que es sacerdote del Dios Altísimo, «le ofreció pan y vino» y lo bendijo. En respuesta, Abrán le da el diezmo del botín recuperado.Este breve pasaje contiene dos datos que explican su elección para esta fiesta; 1) Melquisedec no es solo rey, es también sacerdote, 2) Lo que ofrece a Abrán no es una comida normal (un cabrito o un ternero) sino pan y vino; además, lo bendice.

Siglos más tarde, el autor de la Carta a los Hebreos estableció un paralelismo entre Melquisedec y Jesús. Con estos elementos, no es raro que los Padres de la Iglesia vieran en esta escena un anuncio de la Eucaristía y que los artistas plasmaran esta idea. Lo mejor que Melquisedec pudo ofrecer a Abrán es pan y vino. Lo mejor que Jesús nos ofrece es su pan y su vino.

Dos veces insiste Pablo, al recordar la institución de la Eucaristía, que hay que realizarla «en memoria mía». Evoca la imagen de un padre o una madre que, antes de morir, entrega una foto suya a los hijos diciéndoles: «acuérdate de mí». Lo que pide Jesús es que recordemos todo lo que hizo por nosotros a lo largo de su vida. La Eucaristía nos obliga a echar una mirada al pasado y agradecer todo lo que hemos recibido de Jesús. Pablo no omite la mirada al pasado, pero la limita a la muerte de Jesús, su acto supremo de entrega; y la proyecta luego al futuro, «hasta que vuelva».

Pablo escribe estas palabras a propósito de los desórdenes que se habían introducido en la celebración de la Eucaristía en Corinto, donde algunos se emborrachaban o hartaban de comer mientras otros pasaban hambre. Por eso les advierte seriamente: cuando celebráis la cena del Señor, no celebráis una comida normal y corriente; estáis recordando el momento último de la vida de Jesús, su entrega a la muerte por nosotros. Celebrar la eucaristía es recordar el mayor acto de generosidad y de amor, incompatible con una actitud egoísta.

¿El segundo anuncio de la Eucaristía? Si la lectura del Génesis ha sido considerada el primer anuncio de la Eucaristía, la multiplicación de los panes es el segundo. La liturgia nos presenta a Jesús con sus discípulos en Betsaida, fuera del territorio judío. No obstante, las multitudes llegaron a saberlo y lo siguieron. Las multitudes se sienten atraídas por Jesús porque sienten en su mensaje la respuesta de Dios a la necesidad de plenitud que cada persona lleva dentro. Jesús no les habla sobre el reino de Israel, porque no vino para restaurarlo, sino para inaugurar el reino de Dios, un reino sin fronteras porque el amor de Dios no tolera ninguna barrera, no ofrece grandes discursos, tampoco convoca en términos modernos una especie de conferencias de prensa para divulgar su mensaje salvífico. De hecho, Jesús quiso quedarse con los discípulos, habiendo regresado de la misión, quizá para profundizar sus enseñanzas, pero se ve obligado a cambiar el programa porque la multitud lo sigue.

Análisis sinóptico. Lucas, siguiendo a Marcos con pequeños cambios, describe una escena muy viva, en la que la iniciativa la toman los discípulos. Le indican a Jesús lo que conviene hacer y, cuando él ofrece otra alternativa, objetan que tienen poquísima comida. La orden de recostarse en grupos de cincuenta simplifica lo que dice Marcos, que divide a la gente en grupos de cien y de cincuenta. Esta orden tan extraña se comprende recordando la organización del pueblo de Israel durante la marcha por el desierto en grupos de mil, cien, cincuenta y veinte (Éx 18,21.25; Dt 1,15). También en Qumrán se organiza al pueblo por millares, centenas, cincuentenas y decenas (1QS 2,21; CD 13,1). Es una forma de indicar que la multitud que sigue a Jesús equivale al nuevo pueblo de Israel y a la comunidad definitiva de los esenios.

Jesús realiza los gestos típicos de la eucaristía: alza la mirada al cielo, bendice los panes, los parte y los reparte. Al final, las sobras se recogen en doce cestos.

¿Cómo hay que interpretar la “multiplicación” de los panes?

Lectura histórica. Podría entenderse como el recuerdo de un hecho histórico que nos enseña sobre el poder de Jesús, su preocupación no sólo por la formación espiritual de la gente, sino también por sus necesidades materiales.

Limitaciones. Esta interpretación histórica encuentra grandes dificultades cuando intentamos imaginar la escena. Se trata de una multitud enorme, cinco mil personas, sin tener en cuenta que Lucas no habla de mujeres y niños, como hace Mateo. En aquella época, la “ciudad” más grande de Galilea era Cafarnaúm, con unos mil habitantes. Para reunir esa multitud tendrían que haberse quedados vacíos varios pueblos de aquella zona. Incluso la propuesta de los discípulos de ir a los pueblos cercanos a comprar comida resulta difícil de cumplir: harían falta varios Walmart o abarroterias para alimentar de pronto a tanta gente y conseguir los insumos.

Aun admitiendo que Jesús multiplicase los panes y peces, su reparto entre esa multitud, llevado a cabo por solo doce personas (a unas mil por servidor, si incluimos mujeres y niños) plantea grandes problemas. Además, ¿cómo se multiplican los panes? ¿En manos de Jesús, o en manos de Jesús y de cada apóstol? ¿Tienen que ir dando viajes de ida y vuelta para recibir nuevos trozos cada vez que se acaban? Después de repartir la comida a una multitud tan grande, ya casi de noche, ¿a quién se le ocurre ir a recoger las sobras en mitad del campo? ¿No resulta mucha casualidad que recojan precisamente doce cestos, uno por apóstol? ¿Y cómo es que los apóstoles no se extrañan lo más mínimo de lo sucedido? Estas preguntas, que parecen ridículas, y que a algunos pueden molestar, son importantes para valorar rectamente lo que cuenta el evangelio. ¿Se basa el relato en un hecho histórico, y quiere recordarlo para dejar claro el poder y la misericordia de Jesús? ¿Se trata de algo puramente elaborado por los evangelistas para transmitir una enseñanza?

El trasfondo del Antiguo Testamento. Lucas, muy buen conocedor del Antiguo Testamento vería en el relato la referencia clarísima a dos episodios bíblicos:

En primer lugar, la imagen de una gran multitud en el desierto, sin posibilidad de alimentarse, evoca la del antiguo Israel, en su marcha desde Egipto a Canaán, cuando es alimentado por Dios con el maná y las codornices gracias a la intercesión de Moisés.

En segundo lugar, el relato sobre Eliseo que le vendría espontáneo a la memoria. Este profeta, uno de los más famosos de los primeros tiempos, estaba rodeado de un grupo abundante de discípulos de origen bastante humilde y pobre. Un día ocurrió lo siguiente:

“Uno de Baal Salisá vino a traer al profeta el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en la alforja. Eliseo dijo: ― Dáselos a la gente, que coman. El criado replicó: ― ¿Qué hago yo con esto para cien personas? Eliseo insistió: ― Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará. Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor” (2 Re 4,42-44).

Lucas podía extraer fácilmente una conclusión: Jesús se preocupa por las personas que le siguen, las alimenta en medio de las dificultades, igual que hicieron Moisés y Eliseo antiguamente. Al mismo tiempo, quedan claras ciertas diferencias. En comparación con Moisés, Jesús no tiene que pedirle a Dios que resuelva el problema, él mismo tiene capacidad de hacerlo. En comparación con Eliseo, su poder es mucho mayor: no alimenta a cien personas con veinte panes, sino a varios miles con solo cinco, y sobran doce cestos. La misericordia y el poder de Jesús quedan subrayados de forma absoluta.

¿Sigue saciando Jesús nuestra hambre? Aquí entra en juego un aspecto del relato que parece evidente: su relación con la celebración eucarística en las primeras comunidades cristianas. Jesús la instituye antes de morir con el sentido expreso de alimento: “Tomen y coman… tomen y beban”. Los cristianos saben que con ese alimento no se sacia el hambre física; pero también saben que ese alimento es esencial para sobrevivir espiritualmente. De la eucaristía, donde recuerdan la muerte y resurrección de Jesús, sacan fuerzas para amar a Dios y al prójimo, para superar las dificultades, para resistir en medio de las persecuciones e incluso entregarse a la muerte. Lucas volverá sobre este tema al final de su evangelio, en el episodio de los discípulos de Emaús, cuando reconocen a Jesús “al partir el pan” y recobran todo el entusiasmo que habían perdido.

Por otro lado, los tiempos mesiánicos están simbolizados por el banquete y el comer “hasta la saciedad” en cuanto signos de abundancia y plenitud. El término “sobras” es el mismo que indica, en la primera comunidad cristiana, el pan partido o “klásma” y el pan consagrado sobrante llamado «klásmata«, el cual era guardado celosamente después de la celebración de la Eucaristía. Así, el trasfondo eucarístico es evidente, incluso en la clásica fórmula empleada: “Tomó los panes, alzó los ojos al cielo, los bendijo, los partió y los entregó”. Se comprende el motivo por el cual se ha elegido este texto en la fiesta de “Corpus Christi”, que tiene como núcleo las frases de Cristo: “Esto es mi cuerpo”, “esta es mi sangre”.

En síntesis, la relevancia del “Corpus Christi” estriba en que la Eucaristía constituye el tesoro más precioso de la Iglesia. La Eucaristía es como el corazón palpitante que da vida a todo el cuerpo místico de la Iglesia: un organismo social totalmente basado en el vínculo espiritual pero concreto con Cristo. Como dice el apóstol Pablo: “Aunque somos muchos, somos un solo cuerpo, porque comemos de un solo pan” (1Cor 10,17). Sin la Eucaristía la Iglesia simplemente no existiría. De hecho, es la Eucaristía la que hace que una comunidad humana sea un misterio de comunión, capaz de llevar a Dios al mundo y el mundo a Dios. El Espíritu Santo, que transforma el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, transforma incluso aquellos que lo reciben con fe en miembros del cuerpo de Cristo, para que la Iglesia sea verdaderamente un sacramento de unidad y salvación.

En una cultura donde domina el egocentrismo exagerado, la Eucaristía constituye una especie de «antídoto», que opera en nuestras mentes y corazones sembrando continuamente la “lógica de la comunión”, la “lógica del servicio”, la “lógica del compartir”, dicho de otra manera: “la lógica del Evangelio”. Al respecto, Papa Francisco, comentando este texto del Evangelio, enfatiza tres vocablos: seguimiento, comunión, compartir. Luego nos interpela: ¿Cómo sigo a Jesús? Jesús habla en silencio en el Misterio de la Eucaristía y cada vez nos recuerda que seguirlo significa salir de nosotros mismos y hacer de nuestras vidas no nuestra posesión, sino un regalo para Él y para los demás. ¿Cómo vivo la Eucaristía? ¿La vivo de forma anónima o como un momento de verdadera comunión con el Señor, pero también con todos los hermanos y hermanas que comparten esta misma mesa?

Preguntémonos nuevamente, adorando al Cristo presente realmente en la Eucaristía: ¿Me dejaré transformar por Él? ¿Permito que el Señor que se entrega a mí, me guíe para salir más y más de mi pequeño recinto, para salir y no tener miedo de dar, de compartir, de amarle a Él y los demás?

Un bendecido domingo de Corpus Christi. SHALOM!!!

Fuente: https://darshancatolico.blogspot.com