Lic. María José Casado

Dedicación de la Iglesia Santa María Reina de la Familia

Recientemente se realizó la solemne dedicación de la Iglesia “Santa María Reina de la Familia” y por voluntad de Dios tuve la oportunidad de poder asistir a la celebración litúrgica. Dejando a un lado que es una obra arquitectónica maravillosa, con un retablo impresionante; quisiera resaltar lo que este templo y su dedicación, significa para nosotros los laicos, a quienes nos “corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales”[1].

 

En primer lugar, quiero destacar que esta iglesia está ubicada en un área, tanto residencial, como comercial. En donde se encuentra una cantidad significativa de tiendas de todo tipo, restaurantes, bares, discotecas, etc. En lo personal descubro muy significativo el lugar donde ha sido construida, es como una luz en medio de las realidades de todo ser humano. Realidades que no veo como malas o pecaminosas, pero sí que pueden llenarse de oscuridad al dejar a Dios, por un lado. Como creyentes siempre estamos invitados por Dios a dejarle entrar en todas esas realidades e iluminarlas.

Pero entrando a lo que fue la solemne dedicación, quisiera destacar que la “liturgia cristiana no solo recuerda los acontecimientos que nos salvaron, sino que los actualiza, los hace presentes[2]. Mucho de lo que quiero compartirte lo tomaré de un misal que nos fue entregado para esta celebración. Cada momento de la liturgia, fue una extraordinaria catequesis, es por esto por lo que quisiera compartir algunos de estos detalles.

En primer lugar, cabe destacar que “la celebración de la Eucaristía es el rito máximo y el único necesario para dedicar una iglesia; no obstante (…) conviene dedicarla al Señor con un rito solemne, según la antiquísima costumbre de la Iglesia”[3]. Debido a que es una iglesia nueva, sobre el altar nunca se ha consagrado, ni en el ambón se ha proclamado la Palabra de Dios, esta celebración inicia con una “entrada solemne”. El arzobispo de nuestra arquidiócesis fue quien presidió la celebración. Se realiza un gesto de entrega de la Iglesia al obispo, quien posteriormente pide que se abran las puertas de la iglesia.

Quiero destacar algunos detalles que no están presentes en la celebración habitual de la Eucaristía:

  • El obispo se dirige a la cátedra sin besar el altar.
  • Se sustituye el acto penitencial por medio de la bendición y aspersión del agua bendita, en señal de penitencia, para recordar nuestro bautismo y para purificar el altar[4].
  • Al ser proclamada por primera vez la Palabra de Dios en el ambón, el obispo entrega el leccionario a los lectores y salmista, y pide que “siempre resuene en esta casa la Palabra de Dios”.
  • La oración de la dedicación inicia con la letanía a los santos (como en la Vigilia Pascual). Estas letanías se utilizan para ocasiones solemnes, haciendo presente la comunión de los santos, dogma de nuestra fe.
  • Posteriormente se depositan las reliquias en el altar y se sella el sepulcro. En esta ocasión se colocaron las reliquias de San Juan Pablo II, el Santo Hermano Pedro y San Josemaría Escrivá de Balaguer.
  • La oración de la dedicación se expresa la voluntad de dedicar para siempre la iglesia al Señor y se pide su bendición[5].
  • Se procede a ungir el altar con el santo crisma. Se recordarán que es el mismo óleo con que fuimos ungidos el día de nuestro Bautismo y Confirmación. Por medio de él, hemos sido consagrados al Señor. Y por medio de esta “unción con el santo crisma, el altar se convierte en símbolo de Cristo, que es llamado y es, por excelencia el Ungido”[6]. Se realizan cuatro unciones en los muros para significar que la iglesia es imagen de la ciudad santa de Jerusalén.
  • Se inciensa el altar “para significar que el sacrificio de Cristo, que se perpetúa allí sacramentalmente, sube a Dios como suave aroma y también para expresar que las oraciones de los fieles llegan agradables y propiciatorias hasta el trono de Dios. La incensación de la nace de la iglesia indica (…) que llega a ser casa de oración; pero se inciensa primero al pueblo de Dios, ya que él es templo vivo en el que cada uno de los fieles es un altar espiritual”[7].

Esto es parte de la celebración litúrgica, particular de una dedicación. Sin embargo, aún faltaba la mejor parte. A continuación, se revistió el altar (ara del sacrificio eucarístico y mesa del Señor), se colocaron: el mantel, las flores, los candelabros que al arder nos recuerdan que Cristo es “luz para alumbrar a las naciones”.  Todo esto es particularmente importante, porque, para esto se construyó la iglesia, para que Cristo se haga presente en el altar, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Este es el fin último por el cual se dedicó la iglesia, para que se celebre el misterio de nuestra redención “hasta que Cristo vuelva”, misterio que es “fuente y culmen de toda vida cristiana”[8]. Nuestra razón de ser ¡Jesús Eucaristía!

Se queda corto cualquier cosa que podamos decir sobre la sagrada Eucaristía y sobre la liturgia católica. Ella trae a nuestra realidad humana, una realidad sobrenatural, celestial. La profundidad de lo que sucede en cada Misa (el cielo en la tierra) se escapa de nuestro conocimiento y capacidades intelectuales; podemos comprenderlo y penetrar en este misterio solo desde la fe.

Lo que sí puedo asegurarte es que cada detalle de esta celebración (y de la celebración de cada sacramento) tiene efectos enormes en nuestra alma. Estoy convencida de que este lugar será un santuario de misericordia y gracia para muchas familias y que, con el ofrecimiento de la Santa Misa, la oración y ofrecimiento de los fieles, este lugar será luz en medio de la oscuridad para muchos hogares, familias, sacerdotes, cristianos y no cristianos. Porque el amor de Dios no tiene límites ni fronteras.

Santa María, Reina de la Familia, ¡ruega por nosotros!

[1] CIC 898.

[2] CIC 1104

[3] Misal.

[4] Ídem.

[5] Ídem.

[6] Ídem.

[7] Ídem.

[8] LG 11.