“El que te creó sin ti, no te salvará sin ti.”

(San Agustín) 

XXI Domingo Ordinario C

P. Dr. Carlos R. M. Lara, FMM

El éxodo de Jesús a Jerusalén prosigue. Mientras avanza, muchos que lo rodean van hablando con Él y le comentan sus inquietudes. Como ellos, también nosotros somos caminantes, que nos dirigimos hacia la patria celestial. En este contexto, alguien se le acerca con una pregunta: “¿Serán pocos los que se salven?” En nuestras palabras, ¿Quién se salva? ¿Quién va al cielo? ¿Quién entra en el reino de Dios? Éstas son preguntas candentes que se presentan en el camino de la vida. De igual forma, preocupaban vivamente al judaísmo de entonces, sobre todo, a los rabinos (representantes de un “judaísmo instalado”). El problema era que, la salvación según la visión más difundida, dependía del pertenecer o no al pueblo de Israel, como si se tratara de una “salvación en automático” o recibida en modo mecánico. Es también una advertencia contra el modo de pensar de muchos “cristianos”: creer que por el hecho de pertenecer a la Iglesia, estar en el registro de la parroquia, y participar de vez en cuando en la liturgia, por motivo de algún evento o solo cuando se les antoje, ya tienen el cielo ganado, típico de aquellos que dicen: “igual ya estoy bautizado”, “Cristo si, Iglesia no”, “yo como no soy hipócrita mejor solo de lejos”, “al final basta que me porte bien y listo”… Sin mencionar, la falsa doctrina de muchos “hermanos esperados” que ya se consideran “salvos” con solo levantar la mano, hablar pestes de los católicos, dar gritos balbuceantes y agitar panderetas.

No cabe duda de que el cristiano debe cumplir con sus obligaciones en cuanto miembro de una comunidad creyente al menos profesando y renovando su fe cada domingo. Pero no basta una espiritualidad de mínimos, ni como dice Jesús darse golpes de pecho y llamarle Señor. Hay que practicar la justicia y la misericordia; vivir en coherencia con el evangelio; luchar contra el mal en todas sus formas; lanzarnos con pasión a la evangelización en sinodalidad; acoger en nuestra vida el espíritu de las bienaventuranzas, que es la ley de Cristo para los suyos. Quien vive así no debe temer que le cierren la puerta del Reino. Por eso, lo importante no es conocer el número de los que se salvan, ni el puesto que van a ocupar en la mesa del Señor. Lo importante, dice Cristo, es hacer todo lo posible por entrar, por no quedar fuera, para que el amo de la casa no pronuncie unas palabras estremecedoras: «no los conozco», señal de que no valen privilegios o se trate de tener cuello. No podemos decir que Cristo no habla claro. No es un adulador de oídos, no es un rascador de espaldas. Es la Verdad que nos ayuda a trabajar cada día por entrar en el Reino de los cielos. En todo caso, la liturgia de la Palabra de este vigésimo primer domingo del tiempo ordinario gira alrededor de dos grandes temas: a) la llamada universal a la salvación; b) el compromiso valiente y perseverante a partir de la libertad.

Las preguntas fundamentales del hombre y la mujer de hoy difieren, seguramente, de las de la antigüedad. La preocupación por la salvación definitiva, la participación en el Reino de Dios, por lo que vendrá después de la muerte era relevante en el tiempo de Jesús, no obstante, en la actualidad, para muchas personas ancladas en el “más acá” víctimas del mito de la “eterna juventud” ni siquiera figura como prioridad, reduciendo la invitación a la salvación a simples “estrategias de marketing” de la Iglesia para ganar más adeptos. En este domingo, se nos invita a detenernos, hacer un “Stop” e interpelarnos: ¿Qué esperamos? ¿Qué buscamos? ¿Qué estamos haciendo? ¿Está en nuestro horizonte la posibilidad del final de la vida y lo que vendrá después?

Un nuevo enfoque. El Evangelio abre un panorama más amplio. La salvación del hombre consiste en su apertura a Dios; en la comunión de vida con Él. Esta posibilidad de una existencia nueva es, fundamentalmente, un don de Dios. Un regalo que Dios nos ha hecho enviando a Cristo y haciéndonos partícipes de su Espíritu. La salvación como vida en comunión con Dios se inicia aquí, en la tierra, y encuentra su plenitud en el cielo. Las palabras de Cristo son una bofetada contundente contra el “buenismo” de corte pelagiano que tanto abunda hoy no solo en el mundo sino dentro de la propia Iglesia, por el cual se da por hecho que todo el mundo se va a salvar. No ya la gran mayoría. Eso no basta. Se cree que prácticamente todos se salvan… porque sí, porque eso de la condenación está muy mal visto y no parece concorde con esa imagen de un Dios “Santa Claus”, bonachón e indiferente ante el pecado que nos están vendiendo. Mientras la mayoría creen que serán muchos los que se salvan, Jesús advierte de que son más los que andan en el camino de la perdición. Lo cual debería llevarnos a predicar el evangelio de tal manera que nos impulse a recibir la gracia de la conversión. Eso supone alejar cualquier tentación de presentar un evangelio dulcificado, cómodo para los oídos de los incrédulos y de los propios creyentes.

Una pregunta absurda: ¿CUÁNTOS se salvarán? Bastantes cristianos actuales habrían formulado la pregunta de manera distinta: ¿Serán muchos los que se condenen? Sin embargo, el personaje del que habla Lucas parece formar parte de ese grupo que sólo cree en la salvación. Jesús podría haber respondido con otra pregunta: ¿Qué entiendes por “pocos”? ¿Cuatro mil? ¿Veinte millones? ¿Ciento cuarenta y cuatro mil, como afirman los Testigos de Jehová? La pregunta sobre pocos o muchos es absurda, aunque hay gente que sigue afirmando con absoluta certeza que se condena la mayoría o que se salvan todos.

Un final sorprendente y polémico: QUIÉNES. La pregunta sobre el número de los que se salvan ha provocado una respuesta sobre cómo salvarse; pero Jesús añade algo más, sobre quiénes se salvarán. El libro de Isaías contiene estas palabras dirigidas por Dios a los israelitas: “En tu pueblo todos serán justos y poseerán por siempre la tierra” (Is 60,21). Basándose en esta promesa, algunos rabinos defendían que todo Israel participaría en el mundo futuro; es decir, que todos se salvarían (Tratado Sanedrín 10,1). ¿Y los paganos? También ellos podían obtener la salvación si aceptaban la fe judía. Sin embargo, las palabras que pone Lucas en boca de Jesús afirman algo muy distinto. Empalmando con la idea de que muchos intentarán entrar y no podrán, nos sorprende con la siguiente descripción: Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, se quedarán fuera y llamarán a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”. Y él replicará: “No sé quiénes son”…  El amo de la casa es Jesús, y quienes llaman a la puerta son los judíos contemporáneos suyos, que han comido y bebido con él, y en cuyas plazas ha enseñado. No podrán participar del banquete del reino junto con los verdaderos israelitas, representados por los tres patriarcas y los profetas. En cambio, muchos extranjeros, procedentes de los cuatro puntos cardinales, se sentarán a la mesa.

La conversión de los no-judíos ya había sido anunciada por algunos profetas, como demuestra la primera lectura (Is 66,18-21). Pero el evangelio es hiriente y polémico: no se trata de que los no-judíos se unen a los judíos, sino de que los no-judíos sustituyen a los judíos en el banquete del Reino de Dios. Estas palabras recuerdan el gran misterio que supuso para la iglesia primitiva ver cómo gran parte del pueblo judío no aceptaba a Jesús como Mesías, mientras que muchos no-judíos lo acogían favorablemente. Él es la puerta estrecha, por la que muchos contemporáneos se han negado a entrar.

Enseñanza final. Lucas termina con una de esas frases breves y enigmáticas que tanto le gustaban a Jesús (de hecho, el evangelio de Mateo la coloca en otro contexto muy distinto):” Hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos”. En la interpretación de Lucas, los últimos son los no-judíos, los primeros los judíos. El orden se invierte. Pero los primeros, los judíos como totalidad, no quedan fuera del banquete, también son invitados a él. El mismo Lucas, cuando escriba el libro de los Hechos de los Apóstoles, presentará a Pablo dirigiéndose en primer lugar a los judíos, aunque en generalmente sin mucho éxito.

¡Tengamos esperanza! La lectura de Hebreos es una amplia exhortación a vivir la fe en medio de las dificultades que deben soportar. Es un complemento al Evangelio. Los destinatarios son, muy probablemente, judíos convertidos que se encuentran un poco desasistidos de los apoyos que encontraban en la praxis del judaísmo, en la antigua religión. En el evangelio se nos anima a “entrar por la puerta estrecha”. A menudo, es la vida la que se estrecha en torno a nosotros, como si Dios nos pusiera a prueba. El autor de la carta enfoca esos momentos difíciles como una reprensión o corrección del Señor. Pero es la corrección de un Padre que deseo lo mejor para su hijo, idea que debe consolarnos y fortalecernos. El fruto verdadero de la corrección y la paciencia es una esperanza firme para no abandonar la fe.

Momento actualizante. En nuestros días “dizque creyentes” afirman que alcanzarán la vida eterna viviendo en esta vida “sin hacer mal a nadie”, “no matar a nadie”, viviendo una vida cristiana acomodada a su medida, asumiendo un cristianismo “light”, es decir, de súper mercado: como cuando vas de compras, tomas tu carrito y escoges lo que te gusta y lo que no te gusta lo dejas. Con ello, cada uno arma las compras a su sabor y antojo. Esto se traduce en un cristianismo cómodo, a la carta, varado en lo solamente “virtual” a distancia. El problema es que cuando uno vive así, piensa que está siguiendo a Dios, pero en realidad se está siguiendo a sí mismo. Esta forma de “cristianismo” es denunciado porque es liviano, tibio, alérgico al compromiso, instalado en la ignorancia religiosa, con leve sentido de pertenencia o identificación con la misión de la Iglesia, en muchas ocasiones frívolo, desobediente, altanero, líquido, narcisista, tiende a tornar todo a su alrededor un poco volátil, etéreo, banal, permisivo, en suma, pasivo espectador de la historia. A la luz de las lecturas de este domingo, el mensaje de Jesús, por el contrario, es “anti-light”, exige entrar por la puerta estrecha, no porque sea intransitable, sino porque está hecha a la medida de Jesús. Para salvarse hay que ajustarse a la medida de Cristo y no inventar caminos a nuestra propia medida, que se ajusten a nuestros gustos y conveniencias.

Unido a este fenómeno muy difundido, otros están convencidos de que, en contra de lo que enseña Cristo y su Iglesia, luego de esta vida vendrán sucesivas reencarnaciones, y que habrá muchísimas oportunidades para ir purificando sus almas hasta llegar a ser como dioses. Según esta doctrina tan de moda hoy en día, nadie se condenará, típica de la “Nueva Era”. Para ellos y tristemente para muchos otros “cristianos”, el infierno no es sino una invención de la Iglesia, una doctrina creada para infundir el miedo en los creyentes y tenerlos sometidos a su dominio. Suelen argumentar quienes niegan la existencia del infierno o se resisten a creer en él: “si Dios es amor, ¿Cómo puede existir el infierno? ¿Cómo puede Dios-Amor querer que alguno de sus hijos se condene por toda la eternidad? Un padre nunca puede querer la infelicidad para sus hijos, no puede querer que sufra lo inimaginable por toda la eternidad”. Quienes así razonan desoyen esta advertencia del Señor: “Les digo que muchos intentarán entrar y no podrán”. La enseñanza es clara. No da lugar a suavizaciones ni relativizaciones: quienes no responden a su condición de hijos, serán excluidos de la salvación ofrecida por el Señor Jesús, y eso no porque Dios no los ame, sino porque su amor lo lleva a respetar nuestras decisiones libres. En efecto, Dios ha hecho todo lo posible para nuestra salvación. No puede sino respetar nuestra libertad. No puede haber otro lugar para quien insiste en decirle no a Dios que el “estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1033ss). El mismo San Agustín afirma: “El que te creó sin ti, no te salvará sin ti.”

El Señor ha abierto para nosotros las puertas del Reino de los Cielos, pero no nos obliga a entrar. Por tanto, se nos exige una actitud esforzada, decidida, “valiente”. Ese coraje lo hemos de ejercer ante todo contra todo lo que en nosotros nos haga desemejantes a Cristo: el pecado, los vicios, los pensamientos, sentimientos y actitudes que no corresponden a los pensamientos, sentimientos y actitudes del Señor Jesús. Pasar por la puerta estrecha es, en este sentido, “pasar” por Aquel que ha dicho de sí mismo: “Yo soy la puerta” (Jn 10,9). En otras palabras, se trata de asemejarnos o configurarnos cada vez más al Señor Jesús en sus pensamientos, sentimientos y actitudes, hasta llegar a la perfección y plenitud de la madurez en Cristo (Cf. Ef 4,13).

UN BENDECIDO DOMINGO. SHALOM!