XX Domingo Ordinario C

P. Dr. Carlos R. M. Lara, FMM

Jesús prosigue su travesía (éxodo) hacía Jerusalén con sus discípulos, teniendo en cuenta que la meta de ese viaje es la “ciudad santa” que mata a los profetas y los rechaza (Lc 13,33-34). De hecho, su paso al Padre (Lc 9,31; Jn 13,1) implicará la muerte en cruz (= bautismo de sangre). Entre sus enseñanzas y sus palabras, el tercer evangelio da testimonio de algunas convicciones de Jesús dichas en forma parabólica o simbólica. Después de las enseñanzas de los domingos anteriores sobre la oración, la riqueza, la vigilancia, centradas en lo que nosotros debemos hacer, en el evangelio de este domingo Jesús nos sorprende hablando de sí mismo: de su misión y su destino. Lo hace con un lenguaje tan enigmático que los comentaristas discuten desde los primeros siglos el sentido de estas palabras.

Mentalidad apocalíptica. Presupuesto necesario para entenderlo es conocer la mentalidad apocalíptica, de la que Jesús participa en cierto modo. Según ella, el mundo malo presente tiene que desaparecer para dar paso al mundo bueno futuro, el Reinado de Dios. Con ello, para comprender mejor “la venida” de Jesús es necesario afrontar las implicaciones detrás de sus palabras, para evitar malentendidos, radicalizaciones, fanatismos, literalismos, crisis o escándalos por el lenguaje empleado.

Profeta Jeremías y el falso culto. El profeta Jeremías, un crítico implacable de la idolatría y del abuso del culto. Para muchos, bastaba visitar el templo de Jerusalén hacer una serie de gestos cultuales para sentirse como por arte de magia amparados para seguir la vida monótona de sus iniquidades, con licencia para seguir pecando pues como en una lavadora gigante (templo) podían lavarse las consciencias una y otra vez, pero sin hacer una evaluación crítica de su propia conducta. El profeta denunció en repetidas ocasiones que esa deformación de la religión era reprobable. Dios no sería cómplice de los falsos devotos que ofrecían sacrificios y continuaban maltratando violentamente a los más débiles. El culto y la justicia no podían quedar desconectados. En ese mismo sentido Jesús se presentó como un profeta congruente que llamaba a sus hermanos a tomar partido a favor del Reino de Dios. El proyecto salvífico de Jesús tenía consecuencias en el ámbito social, económico y político y por eso mismo afectaba los intereses de unos y favorecía a otros. Esto provocaría desde luego una división, pero de ninguna manera daría paso a considerar que la misión de Jesús era fomentar el odio o la rivalidad dentro de Israel.

Jeremías prefigura a Cristo. Un escritor de la antigüedad (Olimpiodoro) veía cierto nexo entre la prisión de Jeremías en cuanto figura de la pasión y resurrección de Cristo: “El profeta se convierte en tipo del misterio de Cristo, que entregado por Pilatos a manos de los judíos, bajó al funesto y repugnante hades y resucitó de entre los muertos: pues también el profeta subió de nuevo de la cisterna, y la Escritura llama muchas veces al hades cisterna” (Fragmenta in Jeremiam, 38,6).

Lenguaje complejo y desconcertante. Cabe aclarar que, el pasaje del evangelio de este domingo, el cual contiene algunas palabras “duras, desconcertantes” de Jesús, han sido y se hallan entre los textos más incomprendidos, a menudo manipulado por predicadores con mínima formación bíblica, instrumentalizados y citados para favorecer cierta “ideología cristiana” que ha conducido en el peor de los casos al extremismo religioso, apocalípticos de juguete. Lucas va a introducir algunos cambios importantes en esta mentalidad, reuniendo tres frases pronunciadas por Jesús en diversos momentos: la primera y la tercera hablan de la misión de Jesús (prender fuego y traer división); la segunda, de su destino (pasar por un bautismo). Esta forma de organizar el material (misión – destino – misión) es muy típica de los autores bíblicos.

  1. La misión de Jesús: TRAER FUEGO ¡Y ojalá estuviera ya ardiendo!

La metáfora del fuego es muy usada en cualquier literatura antigua y moderna, con significados diversos: puede significar purificación, renovación, amor, anhelo, fin. Es también símbolo de la Palabra de Dios pronunciada por el profeta (Jr 5,14; 23,29; Sir 48,1). Podría referirse a la predicación de Jesús destinada a dar frutos abundantes. En el lenguaje bíblico y apocalíptico significa también juicio divino purificador (Is 66,15s; Ez 38,22; 39,1; Sal 66,12), que supone el fin de un mundo y el inicio de otro. Jesús con esta expresión quiere manifestarnos su actitud interior: la del hombre que vive su misión, su vocación, poniendo en ella el corazón y el espíritu. Aquí no se trata del pequeño y familiar fuego del hogar, tan necesario para condimentar los alimentos y calentarnos, sino de ese otro fuego que se desata a impulsos del viento y arrasa en pocos minutos todo lo que encuentra a su paso. Jesús lo relaciona casi siempre con el Espíritu y con el bautismo, como si estos tres elementos de la naturaleza -el espíritu o viento, el agua y el fuego- representaran, por sus propias características, la destrucción del mundo viejo y la instauración del nuevo. El fuego de Jesús es el mismo reino de Dios que conlleva en sí mismo un elemento destructor del pecado, no de la obra del hombre. Fuego que va quemando nuestras impurezas, destruyendo la altivez de los soberbios, acrisolando desde dentro. No puede surgir la nueva humanidad si, antes o simultáneamente, no se destruyen las estructuras que oprimen al hombre por dentro y por fuera. Este fuego del Espíritu destruye y purifica; es el fuego que, unido al agua, va engendrando una nueva humanidad, según el modelo del Padre. Jesús es el portador del fuego de Dios sobre la tierra. Jesús se impacienta porque no ve el momento en que ese fuego, que vino a prender en el mundo, arda con intensidad. Desea que la voluntad del Padre se cumpla, que llegue a término su misión. Pero, ¿Qué sucede si no se enciende este fuego?

¿Cuándo no está encendido? No está encendido cuando vivimos el cristianismo no como novedad original, sino como un agregado más de la sociedad, diríamos un “cristianismo apagado, descafeinado”, es decir, cuando todo sigue igual; cuando los sacramentos no significan más que un acto social, un papel sellado, una bella ocasión para poder pasar por bueno ante los demás. Al final, Jesús encendió un fuego y nos invita a mantenerlo encendido;

  1. ¿Piensan que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división (Lc 12, 51; en Mt 10,34 = la “espada”). ¿Qué significa esto? Significa que la fe no es una cosa decorativa, ornamental; vivir la fe no es decorar la vida con un poco de religión, como si fuese un pastel que se lo decora con nata o crema. No, la fe no es esto. La fe comporta elegir a Dios como criterio base de la vida, y Dios no es vacío, Dios no es neutro, Dios es siempre positivo, Dio es amor, y el amor es positivo. Después de que Jesús vino al mundo no se puede actuar como si no conociéramos a Dios. Como si fuese una cosa abstracta, vacía, de referencia puramente nominal; no, Dios tiene un rostro concreto, tiene un nombre: Dios es misericordia, Dios es fidelidad, es vida que se dona a todos nosotros. Por esto Jesús dice: he venido a traer división; no es que Jesús quiera dividir a los hombres entre sí, al contrario: Jesús es nuestra paz, nuestra reconciliación.
  2. Jesús no trae neutralidad. Esta paz (shalom) no es una componenda a cualquier precio. Seguir a Jesús comporta renunciar al mal, al egoísmo y elegir el bien, la verdad, la justicia, incluso cuando esto requiere sacrificio y renuncia a los propios intereses. Y esto sí, divide; lo sabemos, divide incluso las relaciones más cercanas. Pero atención: no es Jesús quien divide. Él pone el criterio: vivir para sí mismos, o vivir para Dios y para los demás; hacerse servir, o servir; obedecer al propio yo, u obedecer a Dios. He aquí en qué sentido Jesús es “signo de contradicción” (Lc 2, 34). Además, no caben dudas de la alusión a la familia judía que sería dividida irremediablemente a partir de Jesús. Hoy, veinte siglos después, las dos ramas de la misma familia siguen enfrentadas sin visos de reconciliación alguna. Pero hoy nos parece hasta normal esta división, porque ya estamos acostumbrados al dualismo cristianos-judíos; pero visto el hecho desde el siglo primero, desde toda la historia hebrea, cuya mayor tensión histórica se estaba viviendo en tiempos de Jesús con la expectativa del Mesías, ciertamente que la frase de Jesús tenía mucho de dramático y, según se considere, de blasfemo: dividir al pueblo de Dios por su causa. ¡Había que estar muy convencido interiormente para poder afirmarlo sin un asomo de dudas! Lucas y Pablo, en los Hechos y en las Cartas, respectivamente, explican cómo se produjo la gran división y desde qué perspectiva de fe tenía que ser vista. Por tanto, ser discípulos de Jesús supone una opción fundamental, tomar una decisión y, con frecuencia, inclusive romper con la vida de pecado o con lazos humanos familiares y sociales. La misma vida de Jesús fue signo de contradicción (cf. Lc 2,34). Asimismo, previene a los discípulos de las luchas y divisiones que acompañarán la difusión del Evangelio (cf. Lc 6,20-23 y Mt 10,34);
  3. Relación familia y raza. En las antiguas religiones, incluyendo la hebrea, se sostenían sobre el soporte familia-raza, por lo que, paradójicamente, si la familia y la raza eran motivo de unión hacia dentro, representaban siempre motivo de división y de enfrentamientos hacia afuera. Cada pueblo, identificado con su dios, transformaba automáticamente toda guerra en guerra religiosa. El Reino de Dios se presenta como una opción entre los particularismos raciales y la unidad universal sobre un fundamento que pueda aglutinar a toda la humanidad. Esto no quiere decir que elegir la unidad universal signifique automáticamente romper con la propia familia o país, pero sí entender a la propia familia o país desde la perspectiva del Reino de Dios. En otras palabras: al nacer, nadie elige a sus padres ni a su país ni a su raza, pero el Reino de Dios, la opción por una vida cristiana, sí deben ser el fruto de una opción. Al respecto, Benedicto XVI agrega: “todos los que quieran seguir a Jesús y comprometerse sin componendas en favor de la verdad, deben saber que encontrarán oposiciones y se convertirán, sin buscarlo, en signo de división entre las personas, incluso en el seno de sus mismas familias. En efecto, el amor a los padres es un mandamiento sagrado, pero para vivirlo de modo auténtico no debe anteponerse jamás al amor a Dios y a Cristo. De este modo, siguiendo los pasos del Señor Jesús, los cristianos se convierten en “instrumentos de su paz”, según la célebre expresión de san Francisco de Asís. No de una paz inconsistente y aparente, sino real, buscada con valentía y tenacidad en el esfuerzo diario por vencer el mal con el bien (cf. Rm 12,21) y pagando personalmente el precio que esto implica” (Benedicto XVI, 2007).

En síntesis, si en el domingo pasado el mensaje de la liturgia de la Palabra giraba alrededor de la vigilancia confiada y activa, en este domingo al parecer se hace referencia al testimonio y opción fundamental que exige, la decisión firme de seguir o no a Cristo. Esto conlleva, asimilar con serenidad de corazón lo que algunos llaman “el escándalo de la verdad”. El mismo Jeremías al proclamar la verdad revelado por Dios, escandaliza a sus contemporáneos. Esto lo hará padecer (será bajado a un pozo lleno de fango para que allí muera olvidado y abandonado), pero no importa, él sabe que Dios no lo abandonará (le salvará por medio de un etíope, de un pagano), y que la verdad de Dios por él transmitida prevalecerá y vencerá. Y así fue. Jerusalén fue tomada y destruida por el ejército babilonio, y gran parte de la población deportada, como esclava, a la tierra de los vencedores. Igualmente, las palabras de Jesús sobre el “fuego del juicio”, sobre el bautismo en la sangre de la cruz y la división a causa del Reino de Dios, también escandalizaron a sus oyentes, porque no respondían a sus expectativas. En efecto, ¿qué necesidad hay de ese bautismo de sangre? ¿No es suficiente el bautismo de Juan, el bautismo de los esenios? ¡La cruz, escándalo para los judíos!, nos recordará Pablo en la primera carta a los corintios. Además, a los destinatarios de la carta a los Hebreos podía resultar “escandaloso” que Dios mismo hubiera permitido pasar por un sin fin de sufrimientos a su Hijo amado; más aún, se les podía presentar con fuerza el “escándalo” del martirio, mediante el derramamiento de la propia sangre. ¿Cómo era posible que Dios dejara intervenir las fuerzas del mal en modo tan manifiesto? Por eso, el autor de la carta les invita a poner la mirada en Jesús, el autor y perfeccionador de la fe, que se sometió a la cruz soportando la infamia, pero ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Por tanto, se nos invita a no desfallecer en nuestro camino de fe, porque el fuego, llama, pasión, amor inagotable encendido por Jesús en la tierra no es un elemento físico, natural, sino un fuego que nuestros sentidos no pueden ver, es un fuego que enciende los corazones, ante el cual no podemos permanecer tibios, indecisos, cerrados de mente, mucho menos con corazones congelados e indiferentes. En este caso, su presencia llameante y viva en la Eucaristía nos permite ser purificados con su amor, capaz de acrisolar hasta el corazón más duro y soberbio. Pero, ¿Cuánto arde el fuego de la vida de Dios en cada uno de nosotros?

¿Nos disponemos a ser inflamados por el amor de Cristo y su mensaje a pesar de las renuncias que ello implica? ¿Somos consistentes en nuestro discipulado aun cuando tratemos con personas hostiles al Evangelio? ¿Qué significa para nosotros “aceptar el riesgo de la fe”, en un mundo diluido en cenizas y apagado en las aspiraciones propias del Reino prometido por Cristo? ¿Seguimos causando a ejemplo del profeta Jeremías y Jesús escándalo por decir la Verdad, aunque ello comporte rechazo, persecución y marginación inclusive al interno de nuestra sociedad, familias, trabajos…? Cada uno responde en su corazón.

Un bendecido domingo. SHALOM!!!