XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO C

P. Dr. Carlos René Morales Lara, FMM

Nuevamente nos encontramos con un texto que forma parte del gran viaje de Jesús a Jerusalén. La liturgia de la palabra de este domingo, en el marco del mes de la Biblia, tiene un marcado acento sapiencial. En una visión de conjunto, SABIDURÍA es la palabra-clave en las tres lecturas y el salmo responsorial. A la capacidad humana de razonar, tan débil y tan incierta, se opone la sabiduría con que Dios instruye a los hombres para que alcancen la salvación (primera lectura). Ahora bien, ¿quién mejor que el mismo Jesucristo para enseñarnos la verdadera sabiduría? El Señor se refiere a “calcular”, a “deliberar”, para lo que se necesita verdadera sabiduría. El discernimiento humano hace cálculos para saber si se cuenta con los medios suficientes para construir una torre o con el número de soldados para atacar al enemigo. Esta forma de calcular es necesaria, pero para ser discípulo de Jesucristo se requiere además la sabiduría que proviene de Dios (Evangelio). De igual forma, la carta a Filemón hemos de considerarla desde la “sabiduría cristiana”, por más que trate un tema muy humano, el de la esclavitud. San Pablo se dirige a su amigo a propósito de su esclavo Onésimo (cuyo nombre significa “útil”), huido de la casa de su dueño y que se ha encontrado con Pablo, que le ha convertido a la fe cristiana. San Pablo escribe intercediendo por el “fugitivo”, que ahora es cristiano. Con mucho tacto y sensibilidad humana y cristiana pide a Filemón que lo reciba como “hermano”. Esto es una muestra de sabiduría, aprendida en la escuela de la fe. En un mundo donde la esclavitud era la norma, San Pablo, ha dejado bien claro cuál es el camino cristiano, el camino de la fraternidad y no del utilitarismo o “cosificación” (segunda lectura). El salmo responsorial, demuestra que el hombre de la Biblia en ningún instante cubre sus ojos con disfraces, ni intenta ocultarnos el modo sapiencial de afrontar la fugacidad de la vida y la relatividad de las cosas, que “todo es vapor”. Al contrario, lo sentimos impresionado por la condición efímera de la existencia humana, y frecuentemente se nos presenta agobiado, por no decir abrumado, por el peso de la contingencia. Y, en lugar de entregarnos consuelos baratos y fáciles recetas, nos enfrenta fríamente con la dura realidad. Estamos ante una pieza singular que, debido precisamente a su vigor, la Biblia la atribuye nada menos que a Moisés, a quien califica de “hombre de Dios”. Con arranques agitados, con vértigos de alturas y abismos, con contrastes y ritmos violentos, el salmista nos entrega su propia visión sobre la vida y la muerte, sobre lo eterno y lo transitorio, con una extraña mezcla de lamentación y ternura. Realmente, es un salmo de pronunciados desniveles y tensas experiencias, y, para entenderlo, necesitamos ponernos en la actitud o situación interior del propio salmista.

Con respecto a la primera lectura tomada del libro de Sabiduría es preciso anotar:

1.    Sabiduría 9 nos narra la oración de Salomón, plegaria libre basada en 1 Re 3. El orante llega a la conclusión de que, puesto que el hombre no puede conseguir dicha sabiduría por sí mismo, es preciso pedirla a Dios. Esta pregunta sobre el designio de Dios es típica dentro de la corriente sapiencial tardía. Job construye toda su argumentación final a partir de ese pensamiento (cf. Job 38-41). La sabiduría que tiene relación con Dios, la experiencia de la fe, está por encima de las capacidades naturales del hombre. Ser hombre en plenitud es saber situarse en actitud de súplica a ese Dios hacia el que tendemos. Hay que tener en cuenta que el libro de la Sabiduría es de corte humanista al estilo griego. Por eso emplea, como en este caso, un esquema típicamente griego (cf. Platón, Fedón, 66; Fedro, 247) para señalar la incapacidad humana de aspirar a lo más hondo en el plano religioso. Todo está ordenado a mostrar que Salomón es un sabio diferente a los anteriores: él no enseña la sabiduría, sino que reza para conseguirla. Actitud del verdadero sabio.

2.    El autor acude a reflexiones muy simples que ya han sido ampliamente desarrolladas en libros como el Qohélet y Job. El trabajo del hombre viene a ser un afán absurdo si no se adereza con la confianza en Dios que da la sabiduría que puede salvarnos. La finalidad de la sabiduría que salva al hombre es llegar a conocer la voluntad de Dios. Hoy normalmente nos fascinamos en “las conquistas de la inteligencia” y muy poco se reconoce sus límites. Por el contrario, el texto bíblico nos habla de los límites de nuestro saber y nos dice que también los hombres “de ciencia” tienen motivos para pedir la sabiduría y el espíritu de Dios.

Con respecto al texto del Evangelio se resaltan los siguientes elementos:

“Lo acompañaba mucha gente” (Lc 14,25): Sin embargo, Jesús no se hace ilusiones. No se deja engañar por entusiasmos fáciles de los “followers” (seguidores). La mayoría no son discípulos, sino simples interesados, en busca de un milagro o una enseñanza. Es lógico que alguno desease unirse más estrechamente al grupo de Jesús. Él, adelantándose a cualquier petición en este sentido, se dirige a todos e indica las condiciones. A los que invitaba a ser discípulos y no tanto simples seguidores no les engañaba con promesas de ventajas terrenas, con ofrecimiento para llevar una vida facilona, lo hacía sin hacer “rebajas”. Ya se imaginan el político que comenzase su campaña electoral prometiendo bajar los salarios, subir los impuestos… difícilmente despertaría mucho entusiasmo. Si encima añade: “El que me vote, irá a la cárcel”, es probable que se quedase completamente solo, siendo el hazme reír y presa de memes chistosos. Jesús llevo a cabo una campaña más radical aún. Para ser discípulo suyo exige posponer los amores más grandes (a la familia y a uno mismo), jugarse la fama y la vida, renunciar a todo. Es lógico pensar que Jesús, colocando esas condiciones, se quedaría sin un solo discípulo. ¿Ocurrió así?

A algunos les preocupa hoy cómo va descendiendo el número de los católicos. A Jesús le interesaba más la calidad de sus verdaderos discípulos que su número. No quiere que la gente lo siga de cualquier manera. Ser discípulo de Jesús es una decisión que ha de marcar la vida entera de la persona. Jesús les habla, en primer lugar, de la familia. Aquellas gentes tienen su propia familia: padres y madres, mujeres e hijos, hermanos y hermanas. Son sus seres más queridos y entrañables. Pero, si no dejan a un lado los intereses familiares para colaborar con él en promover una familia humana, no basada en lazos de sangre sino construida desde la justicia y la solidaridad fraterna, no podrán ser sus discípulos. Jesús no está pensando en deshacer los hogares eliminando el cariño y la convivencia familiar. Pero, si alguien pone por encima de todo el honor de su familia, el patrimonio, la herencia o el bienestar familiar, no podrá ser su discípulo ni trabajar con él en el proyecto de un mundo más humano. Más aún. Si alguien solo piensa en sí mismo y en sus cosas, si vive solo para disfrutar de su bienestar, si se preocupa únicamente de sus intereses, que no se engañe, no puede ser discípulo de Jesús. Le falta libertad interior, coherencia y responsabilidad para tomarlo en serio. Jesús sigue hablando con crudeza: “El que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no puede ser mi discípulo”. Si uno vive evitando problemas y conflictos, si no sabe asumir riesgos y penalidades, si no está dispuesto a soportar sufrimientos por el reino de Dios y su justicia, no puede ser discípulo de Jesús. Sorprende la libertad del papa Francisco para denunciar estilos de cristianos que tienen poco que ver con los discípulos de Jesús: “cristianos de buenos modales, pero malas costumbres”, “creyentes de museo”, “hipócritas de la casuística”, “cristianos incapaces de vivir contra corriente”, cristianos “corruptos” que solo piensan en sí mismos, “cristianos instalados” que no anuncian el evangelio…

Es oportuno reflexionar sobre las tres grandes condiciones para ser discípulo de Jesús:

1.    Primera condición. Se refiere a los vínculos afectivos. Quizá suene un poco radical y despegado “Si alguno quiere venir conmigo y no está dispuesto a renunciar a padre, madre, hermanos, incluso a si mismo…no puede ser discípulo mío”. Pero mirando este texto con cierta profundidad y sin olvidar el contexto, podría referirse a no entrar en un nudo de relaciones egoístas que van devorando la libertad personal y la dignidad. Seguir a Jesús no es excluyente ni exclusivo, pero, desde esta experiencia interna de vínculo con la trascendencia, fluye un estilo de relación que capacita para amar a los demás conectados a esta fuente de vida. Es, sin duda, la creación de lazos liberadores y abiertos al mundo exterior en todo aquello que nos une afectivamente. ¡Mucho ojo! Lo que Jesús pide al discípulo no es romper con la familia, lo que le pide es una disponibilidad total y absoluta. Jesús enuncia de manera incisiva el principio de la disponibilidad. No nos pide solamente que cumplamos los mandamientos, que seamos buenas personas… Nos pide que estemos disponibles, aun sabiendo el riesgo que puede suponer seguirle (la cruz). Esa disponibilidad también pasa por renunciar a aquello que nos impide seguirle con libertad. Son palabras que suenan “duras”; y que no son fáciles de asumir. Pero nos inspira confianza el testimonio de multitud de hermanos y hermanas en la fe, gozosos de haber seguido con libertad la llamada de Jesús y de “habérselo jugado todo” por el Reino. Nadie que ha seguido a Jesús de verdad se ha sentido defraudado. Porque el Reino vale la pena, es fuente de alegría y realización para quien lo hace vida. ¿Qué consecuencias concretas suponen estas palabras para mi vida?

2.    Segunda condición. Se refiere a nuestra relación con lo que nos hace sufrir en la vida: “El que no carga con su cruz…no puede ser discípulo mío”. Cargar con la cruz no es ir por el mundo arrastrando los pesares de la vida desde una resignación paralizante sino desde una aceptación consciente de la parte de la realidad que nos resulta más amarga. Aceptar aquello que, humanamente es frustrante, nos puede llevar a transformar y avanzar en la vida. No afrontarlo nos conduce a vivir sometidos y situándonos como víctimas. La resignación nos ata, nos bloquea, la aceptación nos moviliza para buscar otras opciones y no desviarnos de nuestra ruta esencial. La expresión “tomar su Cruz” y con ella “seguir a Cristo” (hasta ser crucificado), se aplicó al principio a la situación realista del discípulo mártir que, posponiendo “el amor a su propia vida” muere por fidelidad al Maestro. Posteriormente, la frase “llevar la Cruz en pos de Cristo”, significa también mantenerse fiel al Evangelio en pensamiento, profesión pública y acción, cuando el poder o el ambiente lo hacen objeto de menosprecio, discriminación, segregación y vejaciones.

3.    Tercera condición. Se refiere al discernimiento, es decir, revisar con sabiduría la toma de decisiones: “Si uno de ustedes pretende construir una torre, ¿no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?…”  Vivimos inmersos en una marejada de movimientos internos y externos que nos llevan, muchas veces, a tomar decisiones que no nos construyen y que nos debilitan a la hora de asumir las consecuencias. Movimientos emocionales, patrones mentales, ideologías, mantener un status, modas, vientos sociales que pueden hipnotizarnos hasta perder nuestra dignidad y mostrar el lado más ridículo de nuestra vida: “no suceda que, habiendo echado los cimientos y no pudiendo completarla, todos los que miren se pongan a burlarse de él diciendo: éste empezó a construir y no pudo terminar”. Es importante aprender a discernir todos esos movimientos para encontrar el movimiento principal de Dios en nuestra vida y ser libres para elegir lo que más nos conduce al fin para el que hemos sido creados. En otras palabras, Jesús invita a no tomar decisiones precipitadas con respecto a su discipulado, casi diciendo: “Antes de querer convertirte en discípulo mío, párate a pensarlo. No sea que después fracases y hagas el ridículo”. Preguntémonos: ¿ser cristianos nos comporta renuncias serias en la línea del Evangelio (como por ejemplo la que Pablo le propone a Filemón en la segunda lectura), o seguimos tranquilamente los criterios de este mundo? Si no nos comporta renuncias, nuestro cristianismo es una pantomima, es ficción, es simulación (y, ante Jesús, estamos haciendo el ridículo más espantoso y corremos el peligro de quedar como un rey que ha perdido la guerra). Por tanto, se plantean el discernimiento, honestidad, coherencia y profundidad, como los pilares de nuestra vida cristiana en camino hacia la autenticidad.

¿Son válidas, para todos los cristianos actuales? El caso que conocemos mejor es el de la tercera condición: la renuncia a los bienes materiales. Cuando Ananías y Safira, un matrimonio de Jerusalén, vendieron un campo, se quedaron con parte del dinero y pusieron el resto al servicio de la comunidad, pero fingiendo que lo entregaban todo. San Pedro les dice que no estaban obligados a entregar nada; lo malo era que intentaran engañar. Este ejemplo deja claro que, para formar parte de la comunidad cristiana, para ser discípulo, no había que renunciar a todos los bienes materiales. De hecho, en las comunidades fundadas por San Pablo, lo que él aconsejaba era compartir los bienes con los necesitados.

Las dos primeras exigencias, que nos resultan tan duras, posiblemente tuvieron que vivirlas bastante a menudo la mayoría de los cristianos. En una época de frecuentes persecuciones, y en la que los cristianos eran ridiculizados e insultados como criminales y enemigos del estado, hacerse discípulo de Jesús supuso en muchos casos la ruptura con los seres más queridos, la pérdida de la fama y la estima social, e incluso la muerte. La situación no es muy distinta en bastantes comunidades actuales de África y Asia, prescindiendo del desprestigio que supone en muchos ambientes occidentales el hecho de confesarse cristiano.

Queridos hermanos y hermanos, configurarnos como auténticos discípulos de Jesús implica optar por un estilo de vida nuevo, un cambio de mentalidad, pero esa opción fundamental, además de renuncia y desprendimiento exige conducirnos sabiamente, vale la pena cuestionarse: ¿anhelamos y pedimos su sabiduría? ¿se nota, no solo de palabra, que el Señor es nuestra mayor riqueza? Con frecuencia solemos escuchar “Dios sabe cómo soy”, “Lo importante es ser buena persona”, “No todos los que van a misa son mejores que yo”. En el fondo subyace una justificación: lo centramos todo en nuestra “Yoidad”. Cuando dejamos de mirar a Dios, cuando lo relativizamos o lo rebajamos a nuestros propios esquemas, corremos el serio peligro de adorar un dios “a mi gusto y gana”, un Evangelio a nuestra medida: sin exigencias, sin esfuerzos, sin sacrificios, sin detalles que demuestren que, nuestro discipulado, es auténtico, verdadero y sin medias tintas. De hecho, cuando uno vive como Dios manda, las cruces de cada día, se soportan con serenidad y valentía. El Señor no nos ha prometido a sus amigos eximirnos de pruebas, caídas o sufrimientos. No es cuestión de querer abrazar cruces para agradar a Dios (no quiere masoquistas). Tampoco es bueno rechazarlas o huir de ellas (la cobardía no es un distintivo de la vida cristiana). La cruz, la de cada día, se manifiesta en nuestros ideales (cuando los mantenemos firmes), en nuestra fe (cuando la defendemos y purificamos), en nuestra adhesión al Señor (cuando no nos postramos a otros dioses humanos) o en nuestra ofrenda continuada y sincera hacia los más necesitados. Que el Señor nos haga sentir su presencia de tal modo y con tal fuerza, para que nada, ni nadie se anteponga al inmenso amor que Él nos tiene.

UN BENDECIDO DOMINGO. SHALOM!